Todo comenzó una noche de invierno, donde la neblina no nos dejaba ver, pero ella siempre estuvo ahí, todos los días, a la misma hora y en el mismo lugar. Ya entrada en años, era una mujer que aparentaba haber tenido una vida de contratiempos y sacrificios, pero sus ojos claros le daban vida, un toque de dulzura e inocencia. Qué linda persona, pensé.
Una noche cualquiera, se dirigió hacia mí, preguntándome la hora en que pasaría el siguiente bondi (ómnibus, para los no entendidos). De ahí en más, esa pregunta se volvió recurrente, y dio paso a una linda camaradería, entre mis 30 y sus casi 60, por momentos me hace acordar a mamá.
Con el correr de los días, la conversación ya no se limitaba al estado del tiempo y el horario del próximo bondi, sino a su trabajo, su familia, su juventud y sus sueños. Cuando las conversaciones toman nuevos rumbos, y se adentran en el sentir del sujeto, es cuando todo se vuelve más enriquecedor y desafiante. Llega la hora de tomarme el bondi, y de regreso a casa, voy repasando su historia, sus dichos, sus sueños truncos, y reflexiono, siento, y pienso: Algo quiero hacer para que a ese sueño lo sienta un poco más real. Nunca es tarde para hacer lo que a uno le gusta.
Al día siguiente, al llegar al trabajo, busqué la dirección de un lugar donde dictaban un curso de Baby Sitter que ella tanto había ansiado terminar en su juventud, y por las vueltas de la vida quedó inconcluso, y así su vocación. Aunque el lugar donde lo había comenzado ya no existe, me pareció un buen disparador, brindarle información de un lugar de camino a su casa y accesible para que, en una de esas, la dejara reflexionando, y quién sabe la motivara a ir y averiguar. Así fue que imprimí la información suficiente, y en la misma escribí: Nunca es tarde para hacer lo que a uno le gusta. Y esa misma noche, se la di.
A los días me comentó que el día que tuviese libre esa semana iría a averiguar acerca del curso. Y por un instante, fui feliz. La felicidad son instantes, y este es un claro ejemplo de eso. Desconozco al día de hoy si finalmente fue, si lo hará, no importa al final el desenlace, rescato el haber movido algo en ella para ir detrás de su sueño, recordarlo, imaginarlo, y por qué no sentirlo un poco más real.
Aunque esta historia parezca simple, sin mucho contenido, es de esas historias cotidianas que nos suceden a diario, y a las que muchas veces no nos detenemos a escuchar. Estamos rodeados de historias que creo, valen la pena contar. Las historias nos enseñan, todo el tiempo, y esta no fue la excepción.
Esta mujer de ojos claros me recordó lo inagotable que puede llegar a ser el amor de una madre, que la vida es sacrificio, no es fácil, y da tantas vueltas!, algunas por elección y otras por contratiempos involuntarios. Me recordó la lección más importante, que el tiempo no se mide por los años que uno tenga, sino por el amor que les pongamos, y si este es suficiente, nunca es tarde para hacer lo que soñamos.
Esta mujer de ojos claros nunca me dijo su nombre, y yo, despistada o no, nunca se lo pregunté, pero me dijo un dicho en medio de una conversación que me quedó resonando: ¨No le puedo poner cascabel al gato¨. Debo reconocer que fue nuevo para mi escucharlo y aunque entendí el significado de lo que me había querido decir, al sacarlo de contexto me quedó la duda de su uso y lo busqué. En resumen, esta expresión se utiliza ante una dificultad y la imposibilidad de hacer algo que puede acarrear cierto peligro.
Lo que más me gustó de esa expresión y la búsqueda que hice fue su origen:
¨Se utiliza la figura del gato debido a que dicha expresión se originó a raíz de una antiquísima fábula que versaba en la historia de un grupo de ratones que deseaban salir de la ratonera para ir a buscar comida pero que les era imposible hacerlo debido a que siempre eran sorprendidos por el felino que habitaba en aquel lugar. Tras reunirse los roedores decidieron que una buena idea para enterarse cuándo se acercaba el gato sería colocándole a éste un cascabel, pero ¿quién sería el valiente que se lo pondría?: Ninguno se presentó voluntario
Serán muchas las interpretaciones y el uso que cada uno le dará a esa expresión, pero yo me quedo con lo que me dejó a mi, tomando como referencia el contexto en el que ella me la dijo. En la vida son muchas las veces en las que no podemos, no porque no queramos, sino porque realmente no contamos con las herramientas, las condiciones externas no ayudan y a veces el querer o desear con fuerza no es suficiente, pero sí necesario. El deseo es el motor, es el punto de arranque para el cambio.
Queramos, deseemos con fuerza, cambiemos, que la vida es muy corta para no hacer el intento de ponerle el cascabel al gato.
