La espera

Era 2 de julio, el calor parisino invitaba a tomar un trago en algún café de esos que dan a la calle y los pensamientos no cesaban de rondar en su mente, era momento de despejarse. Gérard acababa de cumplir ochenta años hacía una semana, como típico francés sabía disfrutar de los pequeños placeres, pero hacía ya un tiempo que se encontraba preso de la melancolía, vivía de recuerdos. Su mujer había fallecido de forma repentina hacía veinte años, y su único hijo, en cuanto su madre falleció, decidió irse a vivir a España junto a la que en aquel entonces era su novia, y hoy ya es su mujer.

Desde esa doble pérdida, Gérard ya no es el mismo. Sus amigos no saben cómo acercarse a él, no logran localizarlo, ha perdido su norte, sus ganas, su fe. Se ha llenado de espacio, a su casa ya no la siente su casa, desconoce sus luces y sus sombras, y de tanto andar intentando reconocerse acaba perdiéndose.

Desde hace dieciséis años que Gérard no ve a su hijo, y hasta el día de hoy no entiende por qué, preso de esa duda, ese 2 de julio decide salir a ese café. Al abrir la puerta, se encandila con la luz del sol y decide volver por sus lentes, esos que no recuerda dónde los dejó la última vez que salió. Puede olvidarse de todo, pero su sombrero lo acompaña siempre, fue el último regalo que recibió de su mujer, y los cigarrillos marca Silverado se han vuelto sus aliados de todas las tardes.

Al llegar al café, se da cuenta de que todo ha cambiado, menos él, siente que se ha quedado congelado en el tiempo, el sol ya no es el mismo, se torna insoportable luego de un rato, el lugar ya no es atendido por el mismo dueño, y el trago ya no sabe igual. Será que soy yo el que le ha perdido el gusto a la vida, se pregunta. Y sin buscar una respuesta, se detiene a mirar a los autos pasar…

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